Por qué la NASA eligió una Nikon D5, de hace 10 años atrás para ir a la Luna en 2026?
Cuando la NASA confirmó que la cámara principal de la misión Artemis II sería una Nikon D5 —lanzada en 2016, cuando los iPod aún existían—, la reacción en la comunidad fotográfica fue de genuina perplejidad. ¿Cómo es posible que la agencia espacial más avanzada del mundo envíe a sus astronautas a la Luna con una DSLR de casi diez años, ignorando las cámaras sin espejo que hoy la superan en casi todas las especificaciones técnicas mensurables? La respuesta, como casi siempre en fotografía, tiene menos que ver con los megapíxeles y más con entender exactamente para qué sirve cada herramienta.

El 1 de abril de 2026, por primera vez desde Apolo 17 en 1972, cuatro personas abandonaron la órbita terrestre rumbo a la Luna. La misión Artemis II —con los astronautas de la NASA Reid Wiseman, Victor Glover, Christina Koch y el canadiense Jeremy Hansen— no fue un alunizaje, sino un sobrevuelo de 10 días que incluyó cruzar la cara oculta de la Luna, algo que ningún ser humano había presenciado con sus propios ojos. La misión también estableció un nuevo récord de distancia: 406.771 kilómetros de la Tierra, superando al Apolo 13. Y, desde el punto de vista visual, es posiblemente la expedición espacial tripulada más documentada de la historia: 32 cámaras a bordo, entre ellas dos Nikon D5, una Nikon Z9, varias GoPro y los teléfonos inteligentes personales de los astronautas: la primera vez que se autorizan teléfonos personales en un vuelo espacial.
La clave para entender la elección del D5 reside en una única variable: el ISO máximo. Esta cámara funciona de forma nativa hasta ISO 3.280.000. El Nikon Z9, el modelo mirrorless insignia del fabricante en 2026, alcanza ISO 102.400. No es una diferencia menor: estamos hablando de una sensibilidad a la luz unas 30 veces mayor. En el lado oscuro de la Luna, donde no hay luz solar directa y las condiciones de exposición son extremas, ese margen es la diferencia entre una fotografía y una pantalla negra. Para ilustrarlo con un caso concreto: el comandante Wiseman fotografió la Tierra desde la ventana de Orión a ISO 51.200, con un tiempo de exposición de 1/4 de segundo a f/4. El resultado fue una de las imágenes de la misión de mayor circulación, tomada con una cámara que muchos fotógrafos ya habían considerado obsoleta.
Pero el rendimiento con poca luz no fue la única razón: hay un argumento técnico que fue ampliamente discutido en foros especializados y que pocas veces aparece en la cobertura masiva de la misión: el visor óptico. Las cámaras sin espejo muestran la escena a través de un visor electrónico, que es esencialmente una pantalla de alta resolución que interpreta lo que captura el sensor. Un visor óptico, en cambio, no interpreta nada: muestra la realidad tal como entra en el objetivo, sin mediación digital. Durante el sobrevuelo lunar, los astronautas no solo tomaron fotografías; estaban haciendo ciencia activa. Se turnaron en las ventanas de Orión utilizando el zoom de 80-400 mm como telescopio de observación, describiendo en tiempo real y en voz alta lo que veían —cráteres, cuencas de impacto, texturas del terreno lunar— a un equipo científico en tierra en el Centro Espacial Johnson. En ese contexto, ver a través de un visor óptico es ver la Luna. Ver a través de un visor electrónico es ver una representación de la misma. Para la observación científica directa, esta distinción no es menor.
El kit de lentes siguió la misma lógica pragmática: la lente más utilizada durante el sobrevuelo fue la Nikon AF-S 80-400 mm f/4,5-5,6G, elegida para capturar detalles de la superficie lunar a unos 6.500 kilómetros de distancia. Con esa lente, los astronautas fotografiaron cráteres como el Vavilov, la cuenca Hertzsprung y el inmenso Orientale, una estructura de casi 1.000 kilómetros de diámetro que ningún ser humano había visto antes en su totalidad. Para vistas amplias de la Tierra y el espacio, utilizaron el Nikon AF-S 14-24 mm f/2,8G. Y para situaciones de luz intermedia dentro de la cápsula, el AF Nikkor 35 mm f/2D: un diseño con más de 30 años de historia que, según los datos de la propia misión, funcionó sin ningún problema a cientos de miles de kilómetros de casa.



El Nikon Z9, por su parte, no era un pasajero decorativo. La tripulación lo incluyó casi en el último momento —el comandante Wiseman afirma que “lucharon duro” para conseguirlo— con un propósito específico: estudiar cómo responden los sensores modernos a la radiación del espacio profundo. Los datos recopilados se utilizarán para diseñar la HULC (Cámara Lunar Universal de Mano), una cámara construida sobre la plataforma Z9, diseñada específicamente para misiones a la superficie lunar. Artemis II fue, en ese sentido, el campo de pruebas para el futuro fotográfico de la NASA.
Y el D5 hizo su trabajo por última vez: es casi seguro que Artemis III ya no lo llevará.
Las fotografías que llegaron a la Tierra en los días posteriores al sobrevuelo destacan no solo por su valor histórico. La Tierra —poniéndose sobre el horizonte lunar, capturada a las 6:41 p.m. (hora del este) del 6 de abril— es una imagen que dialoga directamente con la salida de la Tierra del Apolo 8 de 1968, con 58 años de diferencia. El eclipse solar total visto desde la órbita lunar, con la corona del Sol visible alrededor del disco oscuro de la Luna, es un tipo de imagen que no tiene precedentes en la historia de la fotografía espacial. Y los primeros planos del cráter Vavilov y la cuenca Orientale, tomados a 400 mm desde una cápsula en movimiento, muestran detalles geológicos de estructuras de 3.800 millones de años con una claridad que los científicos ya están estudiando.


Todas estas imágenes están disponibles de forma gratuita en las galerías oficiales de la NASA: nasa.gov/gallery/lunar-flyby y nasa.gov/gallery/journey-to-the-moon.
Todo esto deja una reflexión que va mucho más allá del espacio: la decisión fotográfica de la NASA con Artemis II es un recordatorio de algo que los fotógrafos más experimentados saben, pero que la industria constantemente intenta hacernos olvidar. El equipo más avanzado no siempre es el más adecuado. La Nikon D5 no viajó a la Luna a pesar de su edad. Viajó porque, para ese entorno específico —oscuridad extrema, radiación espacial, necesidad de observación óptica directa sin posibilidad de error—, todavía era, en 2026, la herramienta más capaz. La Z9 es objetivamente una cámara superior en la mayoría de los contextos. Pero “la mayoría de los contextos” no era el contexto. El contexto era el lado oscuro de la Luna, y para eso la respuesta fue una DSLR de diez años.
Es tentador obsesionarse con la última versión, el sensor más nuevo, el sistema de enfoque automático más rápido. Pero lo que define una buena decisión fotográfica —ya sea en el espacio profundo o en una boda en una habitación mal iluminada— no es el año en que se fabricó el equipo. Es la precisión con la que ese equipo responde a las condiciones específicas del trabajo que tienes por delante.
